Fragmento novela … suen-o

El otro día soñé que había un norte, sur, este y oeste, todas las direcciones eran rotundas y aterradoras, menos mal eran distintas.

Desperté angustiado aquel día y miraba mis manos como para contarme los dedos, de pronto había algo fantástico y arbitrario en mis diez dedos, como si hubiese metido reversa a toda nuestra historia decimal a propósito de un error divino que determinó aquella realidad ridícula, innecesaria. Luego volví en mi y pude soportar el arriba y el abajo… No sé cómo suena, no sé porque te confieso esto, sabiendo que me miras con desconfianza.

Lector, eres la sociedad que me exige y me comprime contra mis palabras, pero también eres la posibilidad de encontrarte, de salir de paseo y estar tranquilo con mis hojas.

Aunque suelo ser mal agradecido me siento afortunado de vivir cerca del parque, en verdad no se qué haría sin él. Me gusta caminar en silencio recogiendo las hojas pero también me gusta observar otras personas, de algún modo hago amistad a menudo pero siempre a distancia, me abruma la idea de tener una conversación trivial, sobre lo que hago, si estudio o quién soy, tal vez no sea tan duro pero recuerdo que cuando éramos  niños era más fácil, simplemente jugábamos, hoy, a mis 20 años uno comienza a preguntar cosas, se supone que hay cosas importantes y sin embargo tan tremendamente uniformes, eso me asusta, la sola idea de responder a esas preguntas me da nauseas, pero no pierdo la esperanza en poder comunicarme, ni siquiera es necesario hablar, si tengo suerte podré mirarla a los ojos, abrir su mano y entregarle una hoja y que no baste nada más, ¿por qué no?, no bastará nada más.

Rubi

Ayer caminaba en un doblez oculto de la noche, pude percibir que todo estaba ahí de un solo golpe y sin embargo toda esa realidad que insiste silenciosa se veía amenazada por cierta desconfianza,  percibir ahora era abandonar la duda y amar el  eterno rincón olvidado al lado de la cuneta.

Éramos invisibles en cuanto vegetales, parados cada uno en su posición definitiva habíamos devenido plantas…  se acercaban y nosotros no podíamos más que padecer la quietud, nos vieron, se asustaron, nos tomaron por locos o simples arbustos. De pronto ella se acercó, nos preguntó que que hacíamos, dejo de ser un simple humano para penetrar nuestra improvisada anima vegetal, titubeamos y explicamos que paseábamos… luego se la llevaron. Quedamos solos amando la condición limite que nos permitía ser arboles y personas, comprendimos que era uno de los nuestros.

Se atrincheraron en la utilidad urbana de una plaza de madrugada, bebían y reían, era una sola gran constelación de movimientos torpes y predecibles. Decidimos investigar, llevarle un regalo a nuestra apenas descubierta criatura y así sacarla de esa quietud histérica de aquella sociedad escandalosa, caminamos con paso firme hacia ellos, yo vestía mi bata azul, mi gorro de fieltro y mis pantuflas, en mi mano llevaba un diente de león para ella, para su planeta.  Con seguridad y lentitud entramos en aquella efímera aldea, perros vienen a recibirnos, me miran, y uno de ellos levanta su pata y me la entrega con mirada tierna y segura, es como si siempre nos hubieran estado esperando…. La gente en sus bancas ríe y no disimula, nosotros tranquilos buscamos sus ojos para que Rubí pudiera soplar las semillas, para que su humanidad se entretejiese con nuestras hojas, con nuestros rastros, con nuestro florecido amor.

Criticando mi disciplina y la vieja escuela #Arquitectura

Siempre he pensado que la arrogancia es un terror encubierto, un mecanismo de defensa ante una amenaza que no es tal…

En el caso de las vacas sagradas de la arquitectura la situación se agudiza pues lo defensivo hace  sospechoso aquello que se produce en el marco de una disciplina tan antigua como pretenciosa. Los arquitectos hemos sido a menudo invitados a opinar y a hacernos cargo de múltiples problemáticas, la figura de un Da Vinci avala el mito creativo y metodológico de un genio, sin embargo la disciplina se ha dormido en los laureles pues no ha sabido aprender de “nuevas” disciplinas que están ahí para brindar nuevas soluciones y respuestas ante paradigmas necesarios y no -necesariamente- ideales.

Los arquitectos nos creemos médicos, sociólogos, psicólogos, etc, pero no somos capaces de hacernos cargo de una instrumentalidad definida, todo mecanismo se estetiza, se adapta -muchas veces- de manera simplificada, se transforma en ejercicio de estilo inconsciente…  ahh si al menos gozáramos de la maniobrabilidad que da la conciencia del “ejercicio”, pero no, creemos que estamos inventando el agua caliente y a menudo no pasa de un complejo onanista que solo puede hacerse cargo, y solo hasta cierto punto de un resultado formal. El ejercicio de estilo, en literatura por ejemplo es una acrobacia consiente, un entrenamiento material, la masturbación formal en arquitectura podría serlo sino pretendiese ser la cura del cáncer o pretender hacer feliz al hombre en su hábitat (como si toda esa responsabilidad dependiera solo de él). Se confunden las condiciones con las determinaciones, falacia metodológica, intima satisfacción comprensible.

Puede parecer que desprecio el quehacer arquitectónico pero muy por el contrario pienso que este se encuentra a la vuelta de la esquina, y si acuso formalismos e inconsciencia es bajo la corroboración de una opacidad deontológica importante, en el fondo todo el ego del arquitecto sirve a una sola neurosis cual es la de no hacerse cargo de los mecanismos, celando la disciplina frente a otros que renuevan sus paradigmas encontrando verificaciones inmediatas que no hipotequen el honor de una disciplina (una verdadera disciplina no se cuantifica, se articula)  . El arquitecto anticuado se cree un experto en la amplitud y vaguedad de su campo, las más de las veces fetichizando su trabajo y confundiéndolo consigo mismo, si se tratase de arte en estado puro la cosa iría muy bien pues como bien dice Duchamp “El arte es lo que el artista dice que es”, pero muy por el contrario, la arquitectura es un quehacer que involucra muchos actores y es por ello que ser un experto en materia arquitectónica ha dejado de ser funcional a la sociedad y se ha transformado en una aporía de la posmodernidad: “solo un experto puede lidiar con el problema debido a que la mitad del problema está viendo el problema…” (Laurie Anderson).

En el fondo lo que quiero decir es que la disciplina necesita cambios profundos y estos no pueden venir del paradigma genético clásico pues no da abasto ni como oficio ni como institución. El precio de esta reestructuración es un precio implicado en el sujeto arquitectónico el cual ha dejado de ser operador de sus instrumentos para padecerlos, lo que en “romántico”  quiere decir que este no puede desprenderse de sus antidiluvianos y amados métodos simplemente porque no son métodos sino un simple y “sofisticado phatos”.  No todos son (somos) así, hasta tal vez sean (seamos) los menos pero mientras la figura del arquitecto sea una metáfora de la arrogancia creo que queda mucho por recorrer.

Y la nave va …con mi cuerpo sin organos…

Giro la perilla amarilla bajo las tuberías, enciendo un fosforo, luego giro la perilla del centro y con aquel fosforo enciendo el piloto, mantengo apretado el tiempo suficiente para abrir la llave del agua con la otra mano, dejar la cajita de fósforos sobre el enchufe al lado del calefont y luego de un salto desplazarme hacia la llave de la tina (soltando la perilla del centro), la abro fuerte primero luego despacio para aprovechar el poco gas que queda y lograr que el agua salga despacio pero caliente.

Si, es un ritual técnico que me impone la burocracia de las maquinas habituadas a sus cuerpos   industriales, cuya celebración suele ser automática y sin embargo sospechosamente cercana a la descripción… claro hay que saber explicar el procedimiento a un huésped, para que el agua caliente salga, para que no quede corriendo, o bien para que (el huésped) no muera en el intento.

Una vez lleno el recipiente pretéritamente enlozado, me sumerjo con placer en ese caldo comprensivo. Tomo mi libro y continuo la lectura, me fascina la forma en cómo el protagonista se describe, se observa y hace de esta condición una naturaleza propia, como si observar fuese igual a hablar, convergiendo lo dicho con lo observado, objetivando el mundo en tiempo real. Tomo conciencia de la diferencia entre vivir aquello y describirlo, asumo aquel seductor paralelismo y disfruto su condición de novedad, su voz abierta a los hombres… es una sensación casi corporal. Y de pronto pienso que este efecto narcótico de mi mente solo ha sido posible en la intimidad singular de mi baño de tina y claro, no hay muchas situaciones en donde mi cuerpo este tan gratamente comprometido con el medio y al mismo tiempo empujado a vivir de otro modo: la voluptuosa gravedad que otorga el agua a un cuerpo que se deleita con sus pliegues, sintiendo el calor penetrar en toda su extensión, sintiendo los brazos flotar como titanes marinos en un océano pequeño y perfecto, todo ello hace que cada rincón de mi cuerpo merezca una observación, una constatación del placer solitario distinto a la “parcialidad” de un onanismo… más bien completitud, exilio del tiempo.

Continuo discurriendo en esta realidad uterina y al mismo tiempo tan sumergida en la cotidianidad odiosa de aquello de lo que escapo y que sin embargo funciona. Observo mi pie cerca de un pedazo de jabón olvidado en un rincón de la playa refalosa de mi íntimo océano, lo tomo como si se tratase del hallazgo más importante de mi adultez y descubro como se transforma bajo el agua en una crema compañera, de una consistencia deliciosa que ronronea con mi piel, observo satisfecho su esplendida utilidad. Me jabono…  veo el agua enturbiarse y todo adquiere mas y mas sentido.

De pronto me acomodo y me giro, no es una posición del todo cómoda pero su novedad me conmueve, tengo un recuerdo atávico que me hace sentir como un niño, yo en cuclillas mirando hacia adelante, es una posición infantil, me transporto a esa escena y compruebo que efectivamente era una posición corporal muy distinta al recostarse mirando el techo, posición insustituible en la mecánica del descanso adulto, donde tu cuerpo está un poco más “afuera” de lo que estaba hace 25 años atrás. En cambio, la posición infante descubierta te sitúa en un mar móvil: la tina es una nave que me lleva, yo, coincidiendo con mis limites pierdo la conciencia de mí, me muevo buscando aquel confín, me sacudo, salpico agua, tirito si hace falta… hay un momento donde hace falta.  Y de pronto, empujado por el frio abandono la amplitud imaginada que rodea mi navío y vuelvo a la calma imperturbable de mi tina como abrigo. Me sumerjo lo mas que puedo, y comienzo a sentir un leve frio, el agua, aquella atmosfera que me transformaba en un cumulo de gotas vivas me mira y me dice:  hemos dejado de ser uno, ahora soy fría y tu elástica piel esta allí desde siempre para envolverte, no lo olvides…

Vuelvo a mi piel, separo mi mente de mi cuerpo y los someto a la grilla imposible de lo real. Mis órganos se organizan y se enumeran en voz alta preparando mi entrada al día, a la noche, al universo.